“Treinta radios convergen en el circulo de la rueda
Y por el espacio que hay entre ellos
Es donde reside la utilidad de la rueda
La arcilla se trabaja en forma de vasos
Y en el vacio reside la utilidad de ellos
Se abren puertas y ventanas en las paredes de una casa
Así, en la no existencia reside la utilidad
Y en la existencia la posesión”
Lao-Tse
Es ahí precisamente, es ahí, el lugar donde encontramos el espacio que sin pertenecernos nos forma, nos define un sentido, nos define una razón.
Si bien sería ingenuo, irresponsable y finalmente inútil querer opinar sobre un pequeño trozo de filosofía oriental en un contexto meramente de occidente, veo saludable y hasta necesario (primeramente en y para mi persona) parar a reflexionar en ello, esto, no sin antes ( y como recomendara Manuel Garrido en su introducción al Tao Te Ching) desnudarnos de toda influencia occidental para zambullirnos en las aguas puras de otra cultura, para una vez hecho esto (y esto por propia autorecomendación) investir de nuevo a nuestras personas con un nutrido y matizado panorama que defina nuestro propio contexto cultural.
Más allá de la infinita expansión y profundidad que habita desde el alma hasta la piel, espacio que de manera relativamente obvia nos forma, vivimos una sociedad donde el materialismo se ha convertido en la extensión que nos completa, la extensión que nos posesiona. Irónicamente el consumismo nos consume, las posesiones nos vacían y el post modernismo esta caracterizado por la concepción de un ser humano lleno de bienes, lleno de progreso, y sin embargo, un ser humano cada vez más consciente de que no es esto lo que explica las profundas aguas del sentido del ser. Siglos han pasado sobre las palabras de Lao-Tse. El pensamiento analítico de Kant, el hombre racionalmente egoísta de Smith, la razón de Descartes… estos han servido de lápiz que traza una y otra vez la circunferencia del círculo, la silueta del vaso, el contorno de puertas y ventanas. Hemos triunfado en la incapacidad de ver aquello que no existe, aquello que realmente nos forma sin necesidad de pertenecernos.
Es aquello que damos, aquello de lo que nos despojamos, aquello que en lugar de pertenecernos nos invita a inmortalizarnos perteneciendo nosotros a esa utilidad resumida en obras que podemos grabar en el corazón de los demás, aquello que podemos entregar sin esperar, aquello a lo que podemos llegar a pertenecer. Irónicamente el dar nos llena, la entrega nos da el verdadero sentido de pertenencia, el espíritu hace florecer lo que la materia destruye.
La búsqueda no acabara, la sed no saciara, las manos nunca se llenaran hasta que las abramos al espacio de las cu4tro letras, al espacio de la no existencia, de la entrega… al espacio de perder.
miércoles, 20 de agosto de 2008
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